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miércoles, 22 de abril de 2009

"El rostro jubiloso de la Iglesia diocesana"


Artículo escrito por Jesús Hernández, dedicado a nuestro capellán de honor, D. Alfonso Cirac, publicado el 21 de Abril de 2008 en la Opinión de Zamora.

Pasó haciendo el bien. A manos llenas. Con naturalidad y con desprendimiento (también en lo material, también, practicante de la comunión de bienes), con alegría (sin hacer ruido ni convocar atención), con sencillez (la grandeza no da codazos). Era el rostro jubiloso de la Iglesia diocesana. Cuando la energía y el trabajo pastoral, cuando la enfermedad hería y consumía las fuerzas y, a veces, enflaquecía el ánimo. Su palabra se emocionaba si hablaba de la Palabra, del Verbo. Del Principio que tuvo un fin para alcanzar el Fin. Sus homilías no eran piezas teológicas ni literarias. No, no. Eran llanas, directas, humanas. Como salidas del corazón que siente y padece. Sobre todo, por los otros. Podía entenderlas el labrador de Casaseca de las Chanas y el obispo más mitrado o más mirado y agarrado al báculo. Lo sincero siempre alcanza el interior del otro. A la larga, impacta.


Iniciaba el saludo con una sonrisa. Era como su presentación: Franca, contagiosa, campechana, desinhibidora. «Este es un hombre dichoso», pensabas al despedirte. «He ahí. Vedlo», camino de la Catedral. A su paso: Ni lento, ni rápido. Acompasado. Se había interesado, antes, por tu trabajo y por los tuyos. Y aquello no sonaba ni a cumplimiento ni, menos aún, a compromiso. Los detalles decían que no. Nada -a veces, la incomprensión; a veces, el dolor- desgastaba su fe hecha de fidelidad ortodoxa, su actitud tolerante, su cercanía. Tenía una mirada limpia -ingenua no, limpia- de la existencia, aunque ésta se halle poblada de tahúres. Incluso de tahúres de buena ley (y mejor imagen). Era «hombre de rostro afable, mano tendida, sonrisa abierta, inocente e incapaz de pensar mal», apuntaba Juan Luis Martín, Vicario General de la diócesis, en la homilía del funeral. Era, sí, todo eso. La bondad, siempre dadivosa, es un espejo.

Cuánto sabía de consultas y de nombramientos episcopales. Y sin visitar ningún "blog" de ésos, donde andan a "cristazos" . Cuánto. Y, como secreto de confesión, disimulaba el conocimiento de nombres y ternas, de posibilidades y de imposibilidades, de Roma "apperta" y de Vaticano cerrado a cal y canto. Pétreo. Lo sabía per se. Porque, es de suponer, algo tiene el agua cuando la bendicen. Poco servía, en eso, su amistad con obispos de asentada trayectoria, de cátedra y carisma. Y, discreto, callaba y sonreía. Sonreía. Fue muchas cosas: coadjutor, capellán, profesor, canónigo? Fue, sobre todo, párroco rural, entregado, algo que, en estos días de indiferencia, o de tibieza, aseguraba dos cosas: Atemperadas ilusiones y grandes desengaños. Pues aunque todos comulguen en lo mismo, no todos participan de lo mismo. No es leve cruz en una sensibilidad de fe intensa.

Orante. ¿Que qué digo? Esto (porque no se habla de modas): Un sacerdote que oraba en silencio y en soledad. En esos momentos, donde la mismidad es la interioridad, sólo hay verdad. Nadie observa, nadie fiscalía, nadie premia o castiga. El espíritu está desnudo, ajeno a quehaceres y disputas. Cierto: Existen muchas formas de conversar con El. Y si, auténticas, todas son válidas. ¿Hay, sin embargo, alguna que muestre mejor la poquedad humana que ese hablar a Dios, "cara a cara" de lo Invisible, en soledad? Lo suyo también fue un «amor apasionado a Cristo». Apareció la enfermedad. Dio la cara, mostró su mala faz. Y, sin embargo, percibió que el mal puede ser un don. Sólo pedía, a los cercanos, una cosa: «Rezad por mí». Insistía, como desvalido, después: «Rezad por mí. A lo mejor, no me volvéis a ver». Y Dios, que no puede ser vengativo, pues dejaría de Ser, de Ser El, seguro que se emocionaba al escuchar eso. Por muy Dios que se sea, por muy Altísimo, cómo no van a humedecérsele los ojos a la vista de un hombre bueno, sencillo, que pasó haciendo el bien? En vida, le decían Alfonso Cirac Peñalosa. Cruzó, el pasado viernes, «a la otra orilla de la vida». Pero los testigos siempre están ahí. No hay ausencias.

ITINERARIO

- Alfonso Cirac Peñalosa nace el 23 de marzo de 1933.
- Es ordenado sacerdote el 20 de abril de 1957, y nombrado coadjutor de Santa María La Mayor de Benavente. Realiza la licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca.
- Amplía estudios en Roma.
- El obispo de la diócesis le designa Director Espiritual y profesor de Religión del Seminario Menor (1963) y del Mayor (1967).
- Ejerce como secretario particular del obispo Ramón Buxarrais (1971) y coadjutor de Cristo Rey (1972).
- Delegado Episcopal de Religiosas (1975-93).
- Profesor de Religión del instituto "Río Duero" (1980).
- El prelado le nombra capellán de las religiosas del Corpus Christi (1983-1995).
- Párroco de Casaseca de las Chanas (1993) y encargado de Gema (1996).
- Juan María Uriarte le designa canónigo de la Catedral (2000).
- En su última etapa (2005-2008), es capellán de las Dominicas Dueñas y de la Hermandad Penitencial de "Jesús, Luz y Vida". Cesa, en ambos cargos, «por motivos de salud».
- Fallece el 17 de abril de 2009.


La Opinión de Zamora

domingo, 23 de noviembre de 2008

Historia


La Opinión de Zamora, Domingo, 4 de Abril de 1993. Página 6.


La procesión partió de la Catedral y se detuvo en el Camposanto, donde se celebró un acto de homenaje a los muertos.

La Hermandad de Luz y Vida desfiló por primera vez dentro de la Semana Santa




Pies de foto: Los cofrades de la Hermandad Penitencial de Jesús Luz y Vida, que visten túnica y cogulla blancas, en el atrio de la Catedral.


La Hermandad Penitencial de Jesús Luz y Vida, de carácter mixto, desfiló ayer por las viejas calles de Zamora. Por primera vez, lo hacía dentro de la Semana Santa. La imagen titular, obra - tallada en madera de tilo - del escultor Hipólito Pérez Calvo, fue acompañada por 480 cofrades, que vestían túnica y cogulla blancas y llevaban escapulario y antorcha.

La procesión se inició a las 20.30 horas en la Catedral, donde se halla la imagen. De allí partieron los cincuenta cargadores, que portaban - en andas - a ese Jesús de brazos abiertos y mirada clara. Se dirigieron hacia la explanada del Campo Santo. Y dejaron atrás, entre sombras, los ruidos y el desvivirse, las premuras y los negocios. Habían recorrido un largo trecho: Rúas de los Notarios y de los Francos, Plaza de Claudio Moyano, Cuesta de San Cipriano, Santa Lucía, puente de piedra - ¿los sonidos del río Duradero se aliaron? -, plaza de Belén, Cabañales - a su paso, repicaron las campanas del convento de las Dueñas - y finalmente, el Cementerio... El "barandales" abría el cortejo seguido del estandarte y la Cruz-Guía. Las matracas, la corona de flores, el coro que entonaba canciones fúnebres..., compusieron la estética, ¿nueva o por hacer? Dos largar hileras de penitentes, vestidos con el hábito cisterciense, caminaron en silencio.

Emotividad

Ya noche oscura, arribaron al camposanto. Allí se efectuó el acto de oración y homenaje a los semanasanteros muertos. Y fueron entonaron los cantos "Dómine, ne recorderis", "Ego sum" y "De profundis". Realizaron una ofrenda floral como epílogo se rezó una oración por los difuntos... La emotividad se reflejaba en los rostros de los asistentes.

El regreso, pausado, con igual recorrido hasta el inicio de la cuesta de Pizarro. Después, el desfile continuó por la calle del Arcipreste, los Ciento, la Rúa de los Notarios y la plaza de la catedral. La imagen patinada de clasicismo - Juan, el hijo de Zebedeo, escribió: "En Él estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres" - Había llegado al punto de partida, donde quedó expuesto al culto. Y había cruzado plazas y devociones populares, curiosidades y expectaciones. La autoridad civil - en la presidencia, Tomás Pérez Gallego, edil del Ayuntamiento - Acompañó a los penitentes. El gentío, que observó el desfile con respeto, hizo paso a una tradición, que - esta vez - es la más aséptica y última, pues nació el 11 de Marzo de 1989, sábado de Lázaro.

El día, que amaneció oscuro - la lluvia amenazaba constantemente -, se inundó de clara religiosidad. La gente se echó a la calle, como siempre. La multitud renovó el rito, como ayer.

Autor: J.H.

Foto de pie 2: La Cruz-Guía, a su paso por la cuesta de San Cipriano. (Fotos Marta)